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JAGÜE

Ciudad:   JAGÜE
Provincia:   LA RIOJA

 

 

JAGÜE

 

Las distancias son cortas en los confines de La Rioja. Basta con andar 34 kilómetros desde Vinchina, la anterior parada, para llegar a Jagüe. En realidad, para ser estrictos, habría que hablar de dos pueblos: Bajo Jagüe, en las estribaciones de la Sierra del Toro Negro; y Alto Jagüe, dos kilómetros más al noroeste, erguido sobre el terreno aluvional de la precordillera.

Formados por rocas de la era paleozoica, los cordones montañosos de la precordillera riojana son el marco imponente de la plácida vida de Jagüe. Población ligada a la agricultura, el trigo y el maíz son su razón de ser. Tímidamente asomados entre cercos de espinillos secos, amenazados por enormes médanos que avanzan y avanzan, siempre pendientes de las aguas de los deshielos.

Las formas del paisaje son suaves, cortadas de vez en cuando por pendientes pronunciadas y quebradas profundas que recuerdan que aquí cambia la geografía. De un lado, la ríspida montaña; del otro, la amable precordillera.

Alrededor de la calle principal se cuadran en perfecta formación las casas con gruesas paredes de adobe. En las veredas, los tamarindos ofrecen generosos algo de sombra a los casi 600 habitantes de Jagüe. El pueblo de Alto Jagüe, posee una característica muy curiosa. Aquí, desde hace décadas, en los días de lluvia, la reseca y única calle del pueblo se convierte en el lecho de un irregular río que ha ido cavando dos barrancas, uno a cada costado de la calle. Como resultado, al transitar por la vía se ve a los lados una pared de tierra que mide entre dos y tres metros de altura. Y arriba están las casas, todas de adobe y que alguna vez estuvieron a la altura de la calle, a las que se llega subiendo por unos peldaños cincelados en la tierra. En la puerta de algunas casas cuelgan ramitos de “ruda macho” para ahuyentar al demonio, según la creencia popular.

Claro que la espiritualidad de Jagüe no sólo se nutre de leyendas y supersticiones. Como en muchos otros rincones de La Rioja, sus habitantes hacen gala de la profunda fe religiosa introducida por la colonización española, participando en festividades y actos religiosos, tales como las de la Virgen de Andacollo,  una de las fiestas más caras al sentir de la población de la zona y cuya imagen llegó en las alforjas de un chileno llamado Juan Miranda, desde la vecina República de Chile, a lomo de mula, y a pesar de la ausencia de caminos.

Los habitantes de la zona creyeron que la Madre de Dios debía permanecer con ellos y, entonces, decidieron levantar un santuario bajo su advocación. Cabalgando los senderos a través de cerros, valles y arenales de cauces secos, llegaron los elementos para construir el templo. Finalmente, la pintoresca capilla cuyos campanarios dominan el horizonte fue inaugurada un 22 de agosto de 1929, y hoy es testimonio de las durezas de la vida en estos remotos rincones.

Los viñedos y emprendimientos en frutales, nogales y horticultura de la zona completan el panorama de la región, aportando verde y belleza al valle a la par que demuestran sus posibilidades productivas.

El Zonda sopla con intensidad, y en sus ráfagas levanta nubes de polvo que hacen desaparecer al pueblo. Lo que nunca desaparece son los comentarios y, precisamente, es este boca a boca el que despierta las ganas de conocer los Mudaderos.

Región reservada a la cría de ovinos, hábitat de esa ínfima porción de humanos nómades que subsisten en esta era postindustrial. En permanente persecución de las pasturas, algunas familias de estos parajes rotan la hacienda de zona en zona, mientras moran en puestos o rústicas casas de piedra que abandonan tras su paso. Encontrarlos ya es un hallazgo, que se eclipsa con el sabor de la carne de sus ovinos, a los cuales la alfalfa que comieron en invierno les brinda un sello especial e inconfundible.

Luego de haber encontrado un puñado de nómades se despierta la sed de aventuras, y uno está listo para ascender hasta 4000 metros sobre el nivel del mar. Boca de la Quebrada hace sentir los efectos de la altura, y enmarca una atípica laguna.

Laguna Brava es un espejo de agua salobre de 20 kilómetros de largo y un ancho que varía entre 3 y 4 kilómetros. A esta laguna de origen volcánico, sólo se puede llegar desde Jagüe en vehículos todoterreno, a través de un camino en su mayor parte de senda, que a veces se hace a campo traviesa.

Llegar allí, venciendo los primeros síntomas del apunamiento, tiene su premio. Un trofeo algo paradójico, merced a la extraña belleza de un lugar que se promete inhóspito. Carente de flora, pero plagado de flamencos blancos y rosados, patos cordilleranos, vicuñas y guanacos, que no hace más que ratificar la promesa con la que empezó este viaje: La Rioja tiene rincones desconocidos y llenos de sorpresas.


 

Eventos:  
Fiesta Patronal de San Pedro
Fiesta Patronal en Honor a Santa Rosa de Lima
Excursiones:  
Circuito de la precordillera riojana
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