Buscar  

Tinkunaco

Tipo de evento:   Fiestas populares
Destino:   LA RIOJA (pcia. de LA RIOJA)
Fecha de inicio:   31/12/2010
Fecha de fin:   31/12/2010
Mes:   Diciembre

En la ciudad de La Rioja se celebra todos los años la fiesta de Tinkunaco (voz quechua que significa Encuentro). Es la principal ceremonia religiosa de origen riojano y representa el encuentro de dos mundos: el hispánico y el indígena. También simboliza el esfuerzo por superar las diferencias a partir de las imágenes de San Nicolás de Bari, en representación de los españoles, y la del Niño Jesús Alcalde, en representación de los indios Diaguitas.

Cada treinta y uno de diciembre, cuando la procesión de San Nicolás de Bari abarrota las calles para ir al encuentro del Niño Alcalde, la plaza principal de la ciudad de La Rioja parece despertar en una mañana del siglo XVI: misioneros, castellanos, indígenas y caballeros reales reaparecen en la fiesta del Tinkunaco.

La historia de esta celebración se remonta a la época de la conquista española, cuando los indígenas que poblaban La Rioja se negaron a someterse a las nuevas creencias de los europeos. Entonces los colonizadores recurrieron a la imagen del Niño Dios vestido con el traje del Alcalde, la primera autoridad y forma de gobierno español que conocían las poblaciones nativas. A través de Él se introdujo la veneración a la imagen de San Nicolás de Bari con la que los aborígenes fueron evangelizados.
San Nicolás de Bari tuvo en un principio dos fiestas diferentes y dos imágenes que en el aspecto exterior indicaban la diversidad de clase, origen y color de los respectivos fieles que las honraban. La división que hacían los conquistadores entre libres y esclavos o "negros y blancos" llevó a duplicar en los templos dos imágenes para una misma advocación: una para los nobles (la blanca) y otra para el pueblo común (la negra). En la actual sacristía del santuario de la Catedral se conserva aquella imagen blanca que fue perdiendo popularidad a lo largo de los años. La imagen del santo moreno, ligeramente bronceado, como si estuviera tostado por el sol riojano, fue conquistando poco a poco la gratitud de todos, tanto negros como blancos. Así se convirtió en la predilecta del pueblo. Fue en 1641 cuando se celebró por primera vez el patronato de San Nicolás en un acto público y oficial.
 
Más tarde, los jesuitas recogieron este suceso y le dieron forma práctica, combinando los elementos indígenas con el culto católico. La liturgia se conformaba con una cofradía de indígenas devotos a San Nicolás y el Niño Dios vestido de Alcalde. Eligieron al más respetado de los indios convertidos, le dieron la investidura de un rey Inca y le asignaron el gobierno inmediato de todas las tribus sometidas. Doce ancianos llamados cofrades formaban el consejo del Niño, similar al colegio de los sacerdotes que asistía a los reyes de Perú, mientras que la figura de los allís representaba a la clase popular que, reconociendo la autoridad del Inca, le rendían culto al Niño Dios vestido de Alcalde del Mundo.
 
Los caciques de cada tribu obtuvieron el título de alféreces o caballeros de la orden, una especie de guardia montada que obedecía, en teoría, al patriarca conquistador. De esta manera se unía el pensamiento religioso y político, sentando las bases de un gobierno católico.
 
 

La Celebración

A las doce del medio día la plaza principal se colma de promesantes y por todos los rincones se oye el bullicio de los transeúntes. En la iglesia matriz suena el primer repique de campanas y bajo el cielo azul profundo se ve una multitud de creyentes que llevan cada uno, a modo de estandarte, una lanza rematada en una cruz plateada, con una decoración de cintas de seda de varios colores.
 
Casi todos los habitantes de La Rioja están en la calle para la fiesta, vistiendo un particular atuendo violeta y amarillo (colores simbólicos del santo). Se destacan el gobernador, el intendente y la mayoría de las autoridades provinciales que están ubicados en la vereda de la Casa de Gobierno, al frente de la Catedral.

La celebración comienza cuando San Nicolás de Bari traspasa el portón de la iglesia matriz, mientras que desde la iglesia de San Francisco ubicada en la esquina opuesta de la plaza principal un grupo de hombres trae en andas la imagen del "Niño Dios" vestido con la sobriedad de un alcalde. La imagen mide unos 40 centímetros de altura y su apariencia es la de un niño de ocho o nueve años de ojos azules, mejillas gorditas y sonrosadas y una larga cabellera de rizos dorados. Su vestimenta consiste en una casaca de terciopelo negro, bordada con hilos de oro. Sobre la cabeza tiene un llamativo sombrero con plumas color azabache y en su mano derecha lleva un bastón de mando semejante al que usaban los alcaldes en la época colonial. La figura del Inca lidera la procesión del niño alcalde. Dos fieles llamados cofrades escoltan al Inca y sostienen sobre su cabeza un arco forrado de tul entrecruzado por cintas de seda desde donde cuelgan espejos de colores. Detrás de ellos avanzan los Allís: un séquito de promesantes calzando ushutas (sandalias de cuero sin curtir) mientras visten una especie de escapulario festoneado con encajes, dijes, rosarios y espejos que les cubren por completo el pecho y espalda. Ajustada a la frente llevan una especie de vincha adornada con puntillas y espejuelos, desde donde caen, a modo de cabellera, decenas de cintas de seda de varios colores. Este grupo compone la guardia de honor del niño alcalde.
 
En el pórtico de entrada de la catedral dos filas de costaleros traen en andas a San Nicolás de Bari y custodian el lento avanzar de la imagen que asoma su aspecto severo y majestuoso. Al frente, la multitud agita los pañuelos al compás de la banda de música provincial, mientras los alféreces, cada uno con su llamativa bandera forrada de tul, van tomando sus puestos en el hall de entrada de la abadía principal.
 
El alférez mayor con su corte de doce alféreces menores -entre ellos jóvenes y niños- tienen la responsabilidad de acompañar al santo en todas las festividades y representan a los españoles o a las clases elevadas de la ciudad.
 
 

El Encuentro

La procesión avanza en medio del redoble de tambores y cánticos adoradores, ofreciendo una visión apoteótica de millares de seres saludando el paso de su santo, cuya tez morena atestigua, según los creyentes, los suplicios padecidos durante sus peregrinaciones evangelizadoras.
 
Los dos cortejos siguen su marcha simultánea y en medio de la multitud el silencio sólo es roto por el sonido penetrante de la caja que el Inca golpea de manera cadenciosa. Al ritmo de la caja los allís entonan un salmo quechua, cuyas estrofas casi nadie sabe qué significan. La gente los sigue en masa y todas las miradas se dirigen a contemplar la elegancia del niño que avanza sobre su trono de plata.
 
La imagen de San Nicolás se detiene frente a la Casa de Gobierno, y ante una señal del alférez las banderas se inclinan y todos se arrodillan ante el Niño Alcalde. Luego se ponen de pie y la procesión avanza algunos metros más. El momento más llamativo y simbólico es cuando el intendente de la ciudad se dirige al encuentro del Inca quien, en representación del Niño Dios vestido de alcalde, le entrega una llave de madera tallada reivindicando la soberanía de su gobierno municipal sobre la ciudad. De esta manera, cada treinta y uno de diciembre, la mayoría de los riojanos reconocen una vez más la alianza política-religiosa que los gobierna desde los albores del siglo XVI.
 
Luego de este acto, se repite la reverencia del cortejo de San Nicolás con todo el mundo arrodillándose dos veces más ante el Niño Alcalde. Al final, con sus rostros llenos de emoción, los nazarenos acompañan al niño alcalde que, junto al santo patrono, son conducidos al interior de la Catedral. Culmina de esta forma una ecléctica procesión litúrgica que combina remotos elementos de lo divino y lo pagano.


 

Ciudades  -  Provincias  -  Regiones  -  Servicios
Grande Argentina - Copyright 2010 - Todos los derechos reservados